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Una fuerza oculta, puntos débiles y demasiados hilos

Posee el actual Real Madrid, habrá que reconocerlo, una fuerza oculta que lo impulsa a ganar partidos sin otro mérito futbolístico que el gol tardío, la jugada aislada, el error del contrario o, directamente, la carambola. Con o sin flor en sus traseras, carecen de fútbol sólido, propuesta asociativa y plan de juego. Sus victorias casi siempre se derivan del acierto probabilístico ante el gol (puesto que llegan mucho), la habilidad individual de sus carísimos fichajes, los hilos del palco (sí, esos de los que hablaba Piqué) y la pegada, que mantienen a falta de otros atributos.

Esa fuerza oculta, además, se enrosca como el ‘uróboros’, la serpiente que se muerde la cola: les insufla confianza y la confianza logra triunfos y los triunfos aportan más confianza…  Sale un rival temible, la verdad. Y, sin embargo, son varios sus puntos débiles, en todas las líneas.

Keylor Navas. Un estupendo portero, pero que no mejora a Iker Casillas, sino al contrario. Y esta temporada ha dejado fallos impropios de su auténtica categoría. Tan pronto comete un error de novato, como se descuelga con alguna soberbia parada. Si está generoso, puede que ofrezca cualquier regalo.

Marcelo.  Es su principal peligro… a favor y en contra. Como atacante, reúne todas las cualidades: desborda, combina, encuentra huecos y hasta ha marcado algún gol. Como defensa, suma todos los defectos: no baja, se despista, pierde la posición y, de vez en cuando, termina aflojando por puro desinterés congénito. Lo mejor: desanimarlo con alguna contra y taponar, siempre que sea posible, con uno encima y otro al quite, cerrando los espacios.

Con tres no basta en el centro del campo. Tres, aunque quedan dos –Modric y Kroos- para la creación de juego, porque Casemiro es un stopper clásico incrustado en la línea de medios que solo atiende funciones destructivas. Cuando han jugado con cuatro centrocampistas (sea James, Isco, Lucas o Asensio quien completa la medular) han mezclado mejor fútbol y logrado, también, espléndidos resultados; pero Zidane asumió la dirección técnica con la imposición de los tres delanteros y no parece dispuesto a jugarse el cargo por un asunto tan nimio como la calidad.

Bale. No vale Bale en su actual estado de forma. No vale, tampoco, condicionado en su desarrollo sobre el terreno por CR7.  Y no vale si su inclusión supone el insulso 4-3-3, que tantos silbidos de su propia afición está provocando esta temporada. Los hombres de Florentino Pérez ficharon un clon de Cristiano Ronaldo (rápido, potente, con fuerte disparo y buen remate aéreo) y la réplica estaba luciendo más que el original, hasta su última lesión. Desde entonces, no ha vuelto. Y no pasaría nada si el “expreso de Cardiff”  tampoco para en la estación de esta semifinal.

¿Cristiano Ronaldo? Lo del portugués es una incógnita, porque da menos juego que unas chanclas en Groenlandia, contribuye muy poco y se nota que está en plena decadencia… A sus 32 años conserva intacto su absurdo engreimiento y no ha rebajado musculatura ni fuerza de voluntad, pero ya ha perdido punta de velocidad y nunca tuvo regate. Conserva, no obstante, intacto su engreimiento y va sobrado, muy sobrado, de carácter. Aunque estamos, sin duda, ante el jugador más sobrevalorado de la historia, sus estadísticas goleadoras son de crack. En un mal día, marca tres goles; y eso es un hecho.

Zidane. Aprenderá, porque parece un tipo inteligente y sabe de fútbol, desde luego. De momento, sin embargo, su impecable talante mediático y buena mano en la gestión del vestuario (el mismo que se cargó a Rafa Benítez por no reírles las gracias) contrasta con su bajo nivel en la toma de decisiones en lo que respecta al juego. No se le recuerda ningún acierto en lo táctico, ningún recurso creativo, ni una sola apuesta que haya justificado su nombramiento al frente del club más influyente del mundo.

 

Los hilos invisibles son su mejor baza táctica

La influencia, por cierto, termina siendo a menudo la mejor baza táctica del Real Madrid. Son sus invisibles hilos, que no se dibujan en las pizarras de los técnicos ni alteran la movilidad de los jugadores ni modifican líneas de pase… sino que manejan títeres en las redacciones deportivas, enlazan relaciones en el palco del Bernabéu y permiten dudosos acuerdos en los umbríos despachos del poder.

Hilos que unen los puntos del negocio como si fuera un saludable pasatiempo, hasta que surge el garabato de un gol en fuera de juego o la injusta expulsión de algún jugador contrario o unos forzados minutos de agónica prolongación que resuelven el conflicto. Y suele parecer un accidente, pero son en realidad esos  invisibles hilos cósmicos que guían el curso de los planetas, sostienen el peso de las cosas, se anudan en vínculos sentimentales y siempre favorecen al Real Madrid.

Necesitará Simeone algún escudo enorme para repeler la fuerza oculta, un puntiagudo punzón para repujar sus puntos débiles y una gran tijera, bien afilada, para cortar los (demasiados) hilos invisibles que regirán la suerte de esta semifinal.

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