Aquel día en el que me dejó de gustar el fútbol

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LISBON, PORTUGAL - MAY 24: Diego Simeone, Coach of Club Atletico de Madrid appeals to Referee Bjorn Kuipers during the UEFA Champions League Final between Real Madrid and Atletico de Madrid at Estadio da Luz on May 24, 2014 in Lisbon, Portugal. (Photo by Alex Livesey/Getty Images)

Para mí, aquel partido de Lisboa terminó 1-1. Lo digo porque cuando marcó Ramos apagué la tele, la luz, cerré la puerta del salón y me fui a la habitación a estudiar japonés. Nunca he visto los otros tres goles, porque fueron tres más, ¿no? Y el cabezazo del minuto 93 lo intento ver cuantas menos veces mejor, aunque, en un día como hoy, pueda parecer materialmente imposible.

Aquella noche decidí dos cosas y confirmé una tercera: la primera fue que nunca más volvería, además de a pasar hambre, a pasarlo mal por un puto partido de fútbol. La segunda, que dejaría de estudiar japonés. Cumplí ambas. La confirmación, como el resto de celebraciones religiosas afectadas por el maldito virus, quedará para más adelante.

Habría sido muchísimo mejor que aquella noche una décima hubiera seguido siendo una estrofa de diez versos octosílabos, pero no lo fue. De haberlo sido, habría pasado olímpicamente del hiragana y me habría ido a celebrarlo, en solitario por supuesto, a mi bar de confianza. Ese mismo en cuya terraza había estado solo (y solo, de aquí la imperiosa necesidad de la tilde) siete días antes, con mi rojiblanca puesta, cuando ganamos la Liga en el Nou Camp, robando, por supuesto, que buenos maestros siempre tuvimos en la capital.

Aquel 24 de mayo de 2014 yo acababa, como todos los años más o menos por estas fechas, de cumplir uno más. El día antes, viernes, había madrugado para repartir un periódico gratuito que también hacía y, a la altura de la estación de autobuses, Carmona había estrenado en Radio 3 lo último de Jero Romero. Conduje feliz, enamorado al momento y pérdidamente, de una canción que escuchaba por primera vez, pensando, ingenuo, que nada podría salir mal. Y, una vez más, fallé.

Porque aquel cabezazo de Ramos me sentó como una patada. Como si en realidad, me lo hubieran marcado a mí y, una vez pasado el luto, decidí, eso, que de allí en adelante, por el fútbol solo me alegraría; que, como mucho, un gesto torcido, un improperio al aire, un insulto a un portugués hipervitaminado, siempre en solitario, nada más. Y me va bien.

A mí el fútbol me gusta desde que era más pequeño que crío. Lo del Atleti no fue de cuna, pero cuando el blanco entró en mi sangre roja, no hice nada por detenerlo. Me llegó por ciencia infusa, pero cuando lo noté, me hizo mucha gracia ser del otro. Haber elegido el camino equivocado, saberme siempre de la minoría y ser consciente de que sonreiría solo de vez en cuando. Y que cuando lo hiciera, reiría a mandíbula batiente. Y todo esto sin creerme más que nadie; algo diferente, raro, si acaso.

Quienes mejor me conocen dicen que solo me han visto enfadado una vez en mi vida. Yo me he visto más, pero me las solía callar. Aquella nariz rota de Luis Enrique pudo con mis nervios y la tele del bar de confianza de antaño estuvo muy cerca de sufrirlo en primera persona. Para mí, que comenzara un Mundial o una Eurocopa era saber que un día de ese mágico mes, más temprano que tarde habitualmente, me llevaría un buen berrinche. Y así fue: el gol por debajo del cuerpo de Arconada, el penalti de Eloy, Míchel bajando la cabeza en una barrera, Salinas fallando lo imposible, Raúl, a las nubes, un egipcio en Corea… Tardes y noches en las que, cuando el árbitro pitaba, la gente seguía haciendo sus vidas y yo, no demasiado.

Pero crecí y, pese a que aprendí a sentir, decidí dejar de sufrir.

Antes de terminar, y ahora que ya se permiten celebraciones religiosas con restricciones en el aforo, ahí va la confirmación de la que hablaba al principio: Siempre, repito, siempre, querré que el Madrid pierda. A lo que sea y con quien sea. Pero con una sonrisa en la boca.

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